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Un antiguo tren que hoy une naturaleza y memoria
Entre Córdoba y Sevilla, el Camino Natural Vía Verde de La Campiña invita a descubrir el corazón agrícola de Andalucía, donde los campos de girasoles, el aroma del olivar y los pueblos blancos componen un paisaje sereno, lleno de historia y luz.
El Camino Natural Vía Verde de La Campiña recorre el antiguo trazado ferroviario Córdoba–Marchena, una línea de algo más de 90 kilómetros que dejó de funcionar en los años setenta y que hoy revive como una de las rutas más hermosas del sur peninsular. Este itinerario de 54,25 kilómetros cruza dos provincias —Córdoba y Sevilla— entre extensos campos de cereales, girasoles y olivos, punteados por viejas estaciones rehabilitadas, túneles y puentes que conservan el encanto ferroviario.
El camino arranca en Valchillón, a unos 17 kilómetros de Córdoba capital, junto a un gran silo que recuerda la intensa actividad agrícola de la zona. Desde aquí, la vía sigue una suave pendiente que permite disfrutar del paisaje sin apenas esfuerzo, ideal tanto para cicloturistas como para senderistas o familias que quieran pasar una jornada al aire libre.
Su recorrido combina tramos llanos y suaves ondulaciones que ofrecen panorámicas abiertas de la campiña andaluza, una de las más fértiles y emblemáticas del país. En primavera, los contrastes cromáticos entre el verde de los cereales, el amarillo de los girasoles y el plateado de los olivos crean un mosaico visual que parece pintado a mano.
La huella del ferrocarril
Como ocurre en muchos Caminos Naturales, este camino recupera el trazado de una línea ferroviaria que nunca llegó a cumplir del< todo su propósito. Los trenes que unían Córdoba con el Mediterráneo dejaron atrás estaciones silenciosas y puentes de ladrillo y hormigón, sustitutos de los originales metálicos de principios del siglo XX. Hoy, estas obras sencillas pero llenas de elegancia forman parte del encanto del recorrido.
El túnel de Las Tablas, único de toda la vía, es uno de los puntos más singulares. Tiene unos 150 metros de longitud y fue utilizado durante un tiempo para el cultivo de champiñones, una curiosidad que muchos senderistas descubren al pasar bajo su bóveda fresca y sombría.
Junto a este túnel, las trincheras y terraplenes del antiguo ferrocarril se han convertido en auténticos miradores naturales. En los meses de lluvia, las balsas que se forman en sus depresiones dan vida a pequeños ecosistemas donde abundan las aves, los anfibios y una vegetación espontánea que colorea los márgenes del camino.
Naturaleza esteparia y ecos mediterráneos
El paisaje de la Campiña andaluza puede parecer uniforme a simple vista, pero esconde una biodiversidad sorprendente. Las llanuras agrícolas sirven de refugio a especies adaptadas a las estepas, como las cogujadas, trigueros o alondras, y también a aves emblemáticas en peligro, como el sisón o el alcaraván.
En los tramos más naturales del camino, sobre todo entre Guadalcázar y La Carlota, se conserva un mosaico mediterráneo donde crecen encinas, lentiscos y mirtos, testigos del bosque original que un día cubrió estas tierras. Es un paisaje cálido, perfumado por el romero y el tomillo, donde no es raro cruzarse con un zorro o con el sigiloso meloncillo, uno de los mamíferos más característicos del sur peninsular.
A lo largo del recorrido, encontraremos varias áreas de descanso con mesas, fuentes y zonas de sombra, pensadas para disfrutar de una pausa tranquila. Destaca especialmente el parque de El Hecho, en Guadalcázar, donde cada 15 de mayo los vecinos celebran su tradicional romería de San Isidro Labrador, patrón de los agricultores. En esas fechas, el campo se llena de color, música y olor a comida casera.
Castillos, pueblos blancos y torres doradas
El patrimonio histórico acompaña al caminante durante todo el trayecto. Desde los primeros kilómetros ya se divisa a lo lejos la silueta del castillo de Almodóvar del Río, una fortaleza califal perfectamente conservada que corona un cerro sobre el Guadalquivir. Sus murallas de piedra ocre y sus torres almenadas son una visita obligada para quienes quieran asomarse a siglos de historia andaluza.
Más adelante, el camino se acerca a Guadalcázar, donde la antigua estación ferroviaria se ha convertido en un área de recreo con merenderos y una curiosa escultura formada por un tramo de vía, símbolo de la memoria ferroviaria. Desde allí, el recorrido avanza entre suaves colinas hacia La Carlota y sus pedanías agrícolas, como La Fuencubierta o Las Pinedas, ejemplo de los pueblos de colonización fundados durante el siglo XVIII bajo el reinado de Carlos III.
A partir de aquí, el itinerario entra en la provincia de Sevilla y se adentra en una llanura cada vez más abierta hasta alcanzar Écija, la llamada Ciudad del Sol o de las Torres. Once torres y nueve espadañas perfilan su horizonte, una postal que resume la esencia barroca de Andalucía. Sus palacios, conventos e iglesias fueron testigos del esplendor económico de los siglos XVII y XVIII, cuando Écija se convirtió en un importante centro agrícola y comercial. Declarada Conjunto Histórico-Artístico, conserva una riqueza patrimonial que merece una visita pausada.
Tras Écija, el Camino Natural Vía Verde de La Campiña prosigue hacia Villanueva del Rey, donde finalizamos nuestro viaje.
Sabores de la tierra
La gastronomía de esta zona es otro de los atractivos del Camino Natural. El aceite de oliva virgen extra, protagonista indiscutible, impregna toda la cultura culinaria de la campiña. En Córdoba, las tabernas ofrecen clásicos como el salmorejo y el flamenquín, mientras que en los pueblos del camino se pueden probar guisos tradicionales, embutidos caseros, pan de horno y dulces conventuales elaborados con almendra y miel.
En Écija son típicas las yemas ecijanas, las tortas de manteca y los productos derivados del cerdo ibérico, mientras que en La Carlota destaca la cocina sencilla y contundente de la campiña: migas, pimientos fritos, sopas frías y vinos jóvenes de la tierra. Son sabores que resumen la identidad rural andaluza, sencilla y generosa.
Un viaje accesible y sostenible
El Camino Natural Vía Verde de La Campiña está diseñado para que todo el mundo pueda disfrutarlo. El firme es de tierra compactada, cómodo para caminar o pedalear, y cuenta con varios puntos accesibles incluso para personas con movilidad reducida. En Marchena, por ejemplo, existen bicicletas adaptadas disponibles para recorrer parte de la vía, una muestra del compromiso con la accesibilidad que caracteriza a la red de Caminos Naturales.
Además, el itinerario está bien señalizado y ofrece la posibilidad de combinarlo con otros medios de transporte. La intermodalidad con trenes y autobuses permite acceder fácilmente a distintos puntos del recorrido, una ventaja que refuerza su vocación sostenible. Un destino perfecto para quienes buscan vivir el sur con calma, disfrutando de cada kilómetro y cada rayo de sol.